A lo largo de la semana hay una calle (en realidad es una vía) por la que suelo cruzar a menudo, ya sea porque voy al trabajo, me dirijó al centro, me reunó con alguien o cualquier otra cosa y, siempre que la cruzo realizó una "pequeña" acción. Y es que en la diminuta valla, que delimita la extensión de cespéd y acera de la carretera, hay unas bolitas negras que al regresar a casa siempre rozó con los dedos.
Así antes de atravesar la calle, me colocó a la derecha y avanzo, subó a la acera y alargo la mano hacia un lado, rozó esa bolita en especial con la punta de mis dedos y a la vez me pregunto sí algún día dejaré de poder tocarla, pues hay veces en las que apenas consigo llegar a ella.
En esos momentos, antes de llegar a la pequeña bola, mi temor suele ser el que tal vez no pueda tocarla, pues se trata de una calle muy transitada y a menudo hay bastantes personas que la atraviesan simultanéamente, para evitar esto suelo ponerme el primero y así poder pasar por ese lado sin problemas.
Pero esto no siempre se puede conseguir, como descubrí hace unos días...
En el instante que pase la calle y ví cómo la pequeña valla se quedaba tras de mí y yo no pude rozarla, por un segundo sentí una punzada de miedo, miedo porque pasara algo, miedo de no haber cumplido mi "pequeño ritual". Sin embargo, segundos después vi lo estúpido de todo aquello, el mundo no cambiaría porque yo no hubiera tocada la bola, nada cambiaría, al día siguiente todo seguiría ahí...
Y es que cuando te acostumbras a algo, ya sea una persona, a realizar determinadas cosas, a ir a ciertos sitios, o a cualquier otra cosa, el día que no cumples aquello a lo que estás habituado, será un día diferente, sentirás como sí todo fuera a cambiar, sentirás cierto temor, cierta confusión, pero nada más lejos de la realidad. El mundo no cambiará ni desaparecerá porque ya no vayas a aquel lugar, o porque esa persona ya no esté a tu lado, el mundo, la vida, todo seguirá girando, todo seguirá su curso.